Basta de estar acostumbrados!
Otra vez nos horrorizamos…
La muerte loca nos ha ensangrentado a todas y todos…
“En el tren íbamos todos” reza un cartel de la manifestación por la paz
Son miles las imágenes que nos vienen ante tanta muerte y dolor
Septiembre 11, las búsquedas de las víctimas que no son una lista de nombres
Nos golpea en la cara, nos sorprende y sobrecoge
Vuelve Pedro a estar “missing”, a no estar,
Volvemos a buscarte en hospitales y esquinas.
Te vemos en esos rostros españoles e inmigrantes de Atocha
Vuelve a ser hoy cuando mirábamos perplejos y paralizados los aviones
Estrellándose en las oficinas, ahí donde vos y muchos trabajaban
Vamos también nosotros en esos trenes cargados de manos trabajadoras
Y jóvenes soñando futuro.
Somos UNO en el dolor compartido!
La humanidad que nos ha quedado se vuelve a reunir para decir BASTA!!
Ahora me pregunto….
Si las bombas y atentados, en las Torres y en los Trenes,
Fueran todos los días… ¿no terminaríamos acostumbrados?
No pasarían a las páginas interiores de los diarios?
Quizás tendrían su propia sección especializada, el quinto o sexto suplemento semanal…
Porque hoy nos horrorizan los 11, septiembre y marzo
Nos horrorizan a todos, nos duelen bien adentro,
Es nuestro tu dolor español que no nos es ya ajeno
Seguro que no lo es para nosotras y nosotros, que hemos perdido hermanos, hermanas,
esposas, esposos, hijas, hijos, padres, madres, allá en New York…
Pero si somos honestos, alguna vez, con nuestra humanidad voraz del consumo y la muerte…
No nos hemos acaso acostumbrado a OTRAS BOMBAS Y ATENTADOS?
¿Cuántas víctimas sangran cada día en nuestros países por los atentados de la injusticia?
Se llame como se llame:
planes económicos, riquezas concentradas,
pueblos negados, Occidente Omnipotente…
¡Basta de estar acostumbrados!
Que las bombas y el dolor nos despierten a todas y a todos!!
Es hora de volver a quedar perplejos y horrorizados…
Cuando te vemos, HUMANIDAD UNA, estallar en pedazos
En las bombas y en las márgenes
En las guerras y en las culturas despojadas
En las Torres y en los jóvenes vacíos de esperanza
En los Trenes y en las manos flacas de trabajadores sin pan para la casa
Eso sí, que también dejemos de estar acostumbrados
A que nos hablen de paz los que ordenan matanzas,
Aunque sean votadas por ambas cámaras parlamentarias
Manchadas de petróleo, impregnadas de pólvora
Sucias de miedos protegidos en sus fueros y poderes
Patricio Grehan
Hermano de Pedro Grehan,
muerto en el piso 105, Torre Norte WTC, Septiembre 11 de 2001
jueves, 11 de septiembre de 2008
lunes, 8 de septiembre de 2008
Construir mesas
Caminaban aplastados por el peso de su frustración. Como muchos otros contemporáneos suyos, y sus padres antes, habían crecido animados por la esperanza de un cambio radical en la fortuna de su pueblo. Habían creído que él era “el hombre”… “esperábamos que fuera él el liberador de Israel” (Lc 24, 21).
La experiencia de la humillación sufrida por los sucesivos imperios dominantes, desde Asiria en adelante, con muy pocos espacios de semi autonomía, habían alentado a lo largo de la historia, una expectativa que hacía pasar “lo nuevo”, “la liberación”, por un “cambio de lado”, casi, reiterando las conductas de los dominadores. Esa es una de las grandes claustrofobias de la opresión, no poder salir de esas categorías y de ese binomio de relación.
Einstein nos enseñó que la solución para un problema no está en el mismo nivel que se produce. Y esa había sido una de las claves en toda la práctica de Jesús y quizás, la que más desconcertaba a su grupo de compañeros. Relativizaba el sábado y las normas de pureza pero no para desacralizar la vida humana sino para poner de manifiesto lo sagrado de todo. Incorporaba al camino de la vida al paralítico para que se sume, sin quitar a nadie del medio. Trataba a la mujer como par, sumándola a su comunidad de discípulos pero sin por eso desplazar a los varones que lo acompañaban. Tocaba al leproso sanándolo y lo invitaba a presentarse a las autoridades religiosas que formalmente lo harían parte de la sociedad. Pone en el centro a los últimos y los más pequeños, ensanchando los espacios, no quitando a otros del medio (que estarían ahora ellos atrás).
Jesús no levanta derribando. No incorpora restando. Jesús suma a los que habían sido dejados de lado. Derriba conductas, no personas. Así es como la vida se vuelve plena. Gestando espacios para todos, tendiendo la mesa donde al compartirse el pan nos reconocemos. Y lo hacemos disfrutando! “¿No nos ardía el corazón mientras nos hablaba en el camino haciéndonos comprender la Escritura?” (Lc 24, 32).
Los bienes se multiplican cuando todos podemos poner nuestra propia huella, no cuando creemos que para que tengan su lugar los desplazados es necesario desplazar a su vez a otros. Corremos el riesgo que nos pase como a la pareja de Emaús. Que nuestros anhelos de justicia estén todavía marcados por una lógica que es fruto de la experiencia de la dominación. Necesitamos salir de ese encuadre. Superar las categorías antagónicas, sin ingenuidad y sin resentimientos.
El sabor dulce de la Pascua fue sepultado por los conflictos que vivimos en nuestro país en las últimas semanas. Tensiones que pusieron de manifiesto como seguimos pretendiendo construir a costa de la posición del otro. Llegando para ello a utilizar temores viejos, enarbolando así fantasmas del pasado, como la acusación de golpismo para justificar la anulación de la postura del que tiene otra mirada. Afirmamos nuestra posición anulando la otra. Creemos que “el pueblo” (¿no es pretencioso hablar con tanta facilidad en nombre de?) ocupará el primer lugar en la medida que “los otros” ocupen el último. La propuesta es que ya no haya más primeros y últimos. Que busquemos caminos para construir más mesas, no para repartir de nuevo los pocos lugares de la mesa de los “privilegiados”.
Nos podremos reconocer al partir el pan. Para ello, necesitamos quitarnos las vendas que nos impiden caminar con libertad (Jn 11, 44), abrir los ojos para superar las categorías que nos cierran y, sobre todo, superar la frustración de nuestras propias heridas para que lo vivido nos haga sabios y no rencorosos.
La experiencia de la humillación sufrida por los sucesivos imperios dominantes, desde Asiria en adelante, con muy pocos espacios de semi autonomía, habían alentado a lo largo de la historia, una expectativa que hacía pasar “lo nuevo”, “la liberación”, por un “cambio de lado”, casi, reiterando las conductas de los dominadores. Esa es una de las grandes claustrofobias de la opresión, no poder salir de esas categorías y de ese binomio de relación.
Einstein nos enseñó que la solución para un problema no está en el mismo nivel que se produce. Y esa había sido una de las claves en toda la práctica de Jesús y quizás, la que más desconcertaba a su grupo de compañeros. Relativizaba el sábado y las normas de pureza pero no para desacralizar la vida humana sino para poner de manifiesto lo sagrado de todo. Incorporaba al camino de la vida al paralítico para que se sume, sin quitar a nadie del medio. Trataba a la mujer como par, sumándola a su comunidad de discípulos pero sin por eso desplazar a los varones que lo acompañaban. Tocaba al leproso sanándolo y lo invitaba a presentarse a las autoridades religiosas que formalmente lo harían parte de la sociedad. Pone en el centro a los últimos y los más pequeños, ensanchando los espacios, no quitando a otros del medio (que estarían ahora ellos atrás).
Jesús no levanta derribando. No incorpora restando. Jesús suma a los que habían sido dejados de lado. Derriba conductas, no personas. Así es como la vida se vuelve plena. Gestando espacios para todos, tendiendo la mesa donde al compartirse el pan nos reconocemos. Y lo hacemos disfrutando! “¿No nos ardía el corazón mientras nos hablaba en el camino haciéndonos comprender la Escritura?” (Lc 24, 32).
Los bienes se multiplican cuando todos podemos poner nuestra propia huella, no cuando creemos que para que tengan su lugar los desplazados es necesario desplazar a su vez a otros. Corremos el riesgo que nos pase como a la pareja de Emaús. Que nuestros anhelos de justicia estén todavía marcados por una lógica que es fruto de la experiencia de la dominación. Necesitamos salir de ese encuadre. Superar las categorías antagónicas, sin ingenuidad y sin resentimientos.
El sabor dulce de la Pascua fue sepultado por los conflictos que vivimos en nuestro país en las últimas semanas. Tensiones que pusieron de manifiesto como seguimos pretendiendo construir a costa de la posición del otro. Llegando para ello a utilizar temores viejos, enarbolando así fantasmas del pasado, como la acusación de golpismo para justificar la anulación de la postura del que tiene otra mirada. Afirmamos nuestra posición anulando la otra. Creemos que “el pueblo” (¿no es pretencioso hablar con tanta facilidad en nombre de?) ocupará el primer lugar en la medida que “los otros” ocupen el último. La propuesta es que ya no haya más primeros y últimos. Que busquemos caminos para construir más mesas, no para repartir de nuevo los pocos lugares de la mesa de los “privilegiados”.
Nos podremos reconocer al partir el pan. Para ello, necesitamos quitarnos las vendas que nos impiden caminar con libertad (Jn 11, 44), abrir los ojos para superar las categorías que nos cierran y, sobre todo, superar la frustración de nuestras propias heridas para que lo vivido nos haga sabios y no rencorosos.
El conflicto con… ¿el campo?
Vengo del Departamento de Ramón Lista, extremo oeste de la provincia de Formosa. Allí “podría” brillar la belleza Wichí. Unas 6.000 familias viven en la zona de El Potrillo, en 13.000 hectáreas que recuperaron como propias en la década del 80. Está todo “dado”: el Bañado La Estrella con su exuberante belleza de árboles, pájaros, yacarés y respetuosa humana presencia. La belleza mayor: esas mujeres y hombres fraternos, dulces, marcados por la necesidad de armonía y paz. Pero…. Siempre hay un “pero”. Está la pobreza, esa extrema que se ve en los perros flaquísimos, los pelos duros y desteñidos de los niños marcados a fuego por la huella de la desnutrición, los ojos grandes que te miran silenciados, el tiempo vacío de los jóvenes que más que quieren, quisieran un presente y un futuro. El pueblo Wichí y tantos otros pueblos de nuestro país no son pobres. Esta Nación los despojó de sus bienes y los empobreció, y lo está haciendo desde hace mucho tiempo.
No hay un solo rastro del “crecimiento económico” de 5 años seguidos! Qué raro, no? Si son los “pobres” los preferidos de este “modelo”. ¿O será que lo preferido son las políticas que los mantengan pobres para siempre?
‘¡Perdón! ¡¡Me equivoqué!!! Sí! Ahora que recuerdo veo rastros del “crecimiento”!!! Está la “distribución de la riqueza generosa del Estado Nacional en los 90 centavos por chico por día que tienen como presupuesto los comedores escolares… Sí, persona que me estás leyendo…. ¡¡90 centavos por día por chico!!!! También las huellas del bondadoso Estado Nacional son ese montón de carteles de obra pública que dice “Presidencia de la Nación”!!!
Son tantos que me llevan a preguntarme… ¿qué hace un cartel de “Presidencia…” en El Potrillo, Departamento de Ramón Lista? O en Ing Juárez o Lomitas o cualquier rincón de la República?
El “conflicto del campo” no es el conflicto del campo. Pone de manifiesto algo más profundo… y grave. Este tiempo nos hemos quedado mirando el dedo que apunta a la luna y no a la luna. Es el “emergente”, la señal que nos muestra que un modo de concebir el poder genera injusticias profundas y acentúa la miseria en nuestro país. La mayor parte de los ingresos que recibe cualquier repartición del estado (desde la pequeña Municipalidad de Las Lomitas, en la provincia de Formosa, hasta el corazón de la ciudad de Buenos Aires) llegan en línea directa a la Casa Rosada, tienen como destino las cuentas del Poder Ejecutivo Nacional. “Billetera mata galán”, dice crudamente la calle. Y solamente el poder central maneja la billetera principal. Y cualquier pequeño intendente, cualquier gobernador, para conseguir la famosa obra pública, un proyecto productivo, un aumento salarial… tiene que ir diligente a visitar a “Billetera”. Y aparece en su pueblo el famoso cartelito… “Presidencia de la Nación”.
Esta enorme concentración de poder, con un Congreso de la Nación callado y paralítico que delega sus atribuciones para también llevarse bien con “Billetera”, anula cualquier posibilidad de construir una sociedad justa. Esos diputados y senadores están ahí como resultado de haber entrado en la “lista” por el dedo bendecidor y no por haber pateado los caminos de su Municipio, de su provincia y tener en la memoria mil reuniones con la gente de su tierra. Por eso no tienen lealtad y los únicos ejercicios que conocen son levantar sumisos las manos y la genuflexión a “Billetera”.
Este “modelo” anula cualquier posibilidad de discusión. Es auténtica “Democradura”, poco tiene de genuina democracia. Tal concentración de poder y “distribución” impide que los actores con concreto poder sean muchos. Una sociedad diversa necesita de muchas instancias de discusión y toma real de decisiones.
Esta situación no se da porque sí. Es resultado de las categorías en como en nuestra sociedad pensamos la dimensión política. Parecería que seguimos todavía preguntándole al militar que con su sable alzado nos vigila desde la plaza principal de cada capital provincial, hacia donde tenemos que ir. Hay esquemas que sirven para épocas de conflicto externo, como cuando intentamos conquistar la independencia hace casi ya 200 años. Pero que son garantía de esclavitud para las mayorías cuando intentamos construir la convivencia, el progreso y la paz. El joven Wichí, el productor del campo, la madre de familia, quiere cada uno, hacer algo con sus propias manos, desplegando sus propias capacidades y sueños. No sentarse a esperar el alimento que llega de las graciosas manos de su majestad la “Billetera”.
Por eso, hablar solo de “distribución de la riqueza” es engañoso y peligroso. ¿Quién distribuye? ¿Qué distribuye? ¿A quién distribuye? Y por qué no, permitir primero y generar las condiciones para que la mayoría de los habitantes de nuestra tierra, puedan ser sujetos de sus propias decisiones y más que “recibir” podamos SER productores de los bienes que cada uno elige producir. Y luego sí, fortalecer al que necesita, subsidiariamente, del organismo mayor para que pueda sentirse humano, ciudadano, hermano, que está en la mesa de la vida con los mismos derechos y en las mismas condiciones que los demás.
Lo que más injustamente está “distribuido” en la Argentina es el acceso a las oportunidades para convertirnos cada uno en productor de los bienes que quiere producir. La estructura corporativa del país hace que todo esté concentrado, desde “Billetera” hasta la salud, la vida y la belleza y el modo de llamar y dirigirnos a Dios. Les pongo un ejemplo. Cuando voy a comprar un litro de leche a un almacén en Las Lomitas (en el centro oeste de la provincia de Formosa, a 1450 kms de Buenos Aires), solo consigo las marcas de la cuenca lechera central, La Serenísima o Sancor. Y la pago a $4 el litro! Pero si un grupo de productores quiere elaborar, pasteurizar y comercializar leche en la zona no se lo van a permitir. Es un ejemplo de cómo están concentrado todo en pocas manos en nuestro país. Y está con las manos atadas el que quiere producir cualquier bien: una poesía, un kilo de harina, un litro de leche, una oración.
Dejemos de mirar el dedo que apunta a la luna. Hubo una noche muy oscura en el relato que Fedor Dostoyesvki nos regaló para siempre en “El Gran Inquisidor”, en la bellísima novela Los Hermanos Karamasov. Jesús había vuelto así como había vivido en Galilea y Judea. Era pleno siglo XVI. La gente lo reconoció. También el Cardenal Inquisidor, quien por supuesto… lo arrestó. Y cuando esa noche llegó a la cárcel lo visitó. Y le dijo:
“Quieres presentarte al mundo con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su maldad naturales no lo permiten comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad!”
Patricio Grehan
6 de junio de 2008
No hay un solo rastro del “crecimiento económico” de 5 años seguidos! Qué raro, no? Si son los “pobres” los preferidos de este “modelo”. ¿O será que lo preferido son las políticas que los mantengan pobres para siempre?
‘¡Perdón! ¡¡Me equivoqué!!! Sí! Ahora que recuerdo veo rastros del “crecimiento”!!! Está la “distribución de la riqueza generosa del Estado Nacional en los 90 centavos por chico por día que tienen como presupuesto los comedores escolares… Sí, persona que me estás leyendo…. ¡¡90 centavos por día por chico!!!! También las huellas del bondadoso Estado Nacional son ese montón de carteles de obra pública que dice “Presidencia de la Nación”!!!
Son tantos que me llevan a preguntarme… ¿qué hace un cartel de “Presidencia…” en El Potrillo, Departamento de Ramón Lista? O en Ing Juárez o Lomitas o cualquier rincón de la República?
El “conflicto del campo” no es el conflicto del campo. Pone de manifiesto algo más profundo… y grave. Este tiempo nos hemos quedado mirando el dedo que apunta a la luna y no a la luna. Es el “emergente”, la señal que nos muestra que un modo de concebir el poder genera injusticias profundas y acentúa la miseria en nuestro país. La mayor parte de los ingresos que recibe cualquier repartición del estado (desde la pequeña Municipalidad de Las Lomitas, en la provincia de Formosa, hasta el corazón de la ciudad de Buenos Aires) llegan en línea directa a la Casa Rosada, tienen como destino las cuentas del Poder Ejecutivo Nacional. “Billetera mata galán”, dice crudamente la calle. Y solamente el poder central maneja la billetera principal. Y cualquier pequeño intendente, cualquier gobernador, para conseguir la famosa obra pública, un proyecto productivo, un aumento salarial… tiene que ir diligente a visitar a “Billetera”. Y aparece en su pueblo el famoso cartelito… “Presidencia de la Nación”.
Esta enorme concentración de poder, con un Congreso de la Nación callado y paralítico que delega sus atribuciones para también llevarse bien con “Billetera”, anula cualquier posibilidad de construir una sociedad justa. Esos diputados y senadores están ahí como resultado de haber entrado en la “lista” por el dedo bendecidor y no por haber pateado los caminos de su Municipio, de su provincia y tener en la memoria mil reuniones con la gente de su tierra. Por eso no tienen lealtad y los únicos ejercicios que conocen son levantar sumisos las manos y la genuflexión a “Billetera”.
Este “modelo” anula cualquier posibilidad de discusión. Es auténtica “Democradura”, poco tiene de genuina democracia. Tal concentración de poder y “distribución” impide que los actores con concreto poder sean muchos. Una sociedad diversa necesita de muchas instancias de discusión y toma real de decisiones.
Esta situación no se da porque sí. Es resultado de las categorías en como en nuestra sociedad pensamos la dimensión política. Parecería que seguimos todavía preguntándole al militar que con su sable alzado nos vigila desde la plaza principal de cada capital provincial, hacia donde tenemos que ir. Hay esquemas que sirven para épocas de conflicto externo, como cuando intentamos conquistar la independencia hace casi ya 200 años. Pero que son garantía de esclavitud para las mayorías cuando intentamos construir la convivencia, el progreso y la paz. El joven Wichí, el productor del campo, la madre de familia, quiere cada uno, hacer algo con sus propias manos, desplegando sus propias capacidades y sueños. No sentarse a esperar el alimento que llega de las graciosas manos de su majestad la “Billetera”.
Por eso, hablar solo de “distribución de la riqueza” es engañoso y peligroso. ¿Quién distribuye? ¿Qué distribuye? ¿A quién distribuye? Y por qué no, permitir primero y generar las condiciones para que la mayoría de los habitantes de nuestra tierra, puedan ser sujetos de sus propias decisiones y más que “recibir” podamos SER productores de los bienes que cada uno elige producir. Y luego sí, fortalecer al que necesita, subsidiariamente, del organismo mayor para que pueda sentirse humano, ciudadano, hermano, que está en la mesa de la vida con los mismos derechos y en las mismas condiciones que los demás.
Lo que más injustamente está “distribuido” en la Argentina es el acceso a las oportunidades para convertirnos cada uno en productor de los bienes que quiere producir. La estructura corporativa del país hace que todo esté concentrado, desde “Billetera” hasta la salud, la vida y la belleza y el modo de llamar y dirigirnos a Dios. Les pongo un ejemplo. Cuando voy a comprar un litro de leche a un almacén en Las Lomitas (en el centro oeste de la provincia de Formosa, a 1450 kms de Buenos Aires), solo consigo las marcas de la cuenca lechera central, La Serenísima o Sancor. Y la pago a $4 el litro! Pero si un grupo de productores quiere elaborar, pasteurizar y comercializar leche en la zona no se lo van a permitir. Es un ejemplo de cómo están concentrado todo en pocas manos en nuestro país. Y está con las manos atadas el que quiere producir cualquier bien: una poesía, un kilo de harina, un litro de leche, una oración.
Dejemos de mirar el dedo que apunta a la luna. Hubo una noche muy oscura en el relato que Fedor Dostoyesvki nos regaló para siempre en “El Gran Inquisidor”, en la bellísima novela Los Hermanos Karamasov. Jesús había vuelto así como había vivido en Galilea y Judea. Era pleno siglo XVI. La gente lo reconoció. También el Cardenal Inquisidor, quien por supuesto… lo arrestó. Y cuando esa noche llegó a la cárcel lo visitó. Y le dijo:
“Quieres presentarte al mundo con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su maldad naturales no lo permiten comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad!”
Patricio Grehan
6 de junio de 2008
Opciones
Iba en bicicleta por el barrio San Jorge, en Pilar. Calles de tierra, chicos también en bicicleta, perros. Una mujer barriendo su vereda otra vez de tierra y cascote. Quiere que lo pequeño quede limpio, confía que se puede. No se resignó a las bolsitas de plástico como hacedoras de paisajes. Cielo gris. Para algunos que pasan por las nuevas calles de asfalto que llevan a los barrios privados, muy paquetes ellos (los barrios y los que pasan), solo se trata de “esa gente”. Caminando por la calle viene un hombre con su campera vieja. Lo paro. Se detiene. Y conversa. La charla viene a nosotros nomás. Quizás también percibe en mí algo que lo hace confiar, o tan solo un oído, o más posible, es alguien que confía y desparrama su vida, su mejor tesoro.
Miguel Villar viene de hacer un arreglo con la mujer que tiene un galpón grande allá casi sobre la ruta. Ella necesita llenar de oportunidades su lugar, Miguel es gomero y ahí van los dos. Otra vez a empezar. Es del 54, y tiene 54. Su historia empezó a andar y me la regaló. Cuando volvía no podía apartar de mí esa generosidad de Miguel Villar. Compartir así nomás con un tipo que con gorra calzada sobre la pelada, que en una bicicleta que le queda chica anda por ahí y me para en la esquina.
A los 9 años me vine para acá. 23 días desde Monte Caseros a Buenos Aires, hace… 45 años! Ni me acuerdo como su relato lo volcó generoso, como quien comparte la leche recién ordeñada. Así de placentero lo sentí llegar a mis manos. Era allá un esclavo. Mi vieja me cambió por uno de esos tarros llenos de leche, esos de aluminio, bien del campo. Eso fue cuando tenía 5. A un tío me dio. Yo era guapo, allá desde que empezás a andar te empiezan a dar tarea. Y hoy, mi pibe más chico con 20 años y una nena de 3, recién está saliendo a trabajar. Me llevó al campo, él con su señora a la tarde se iba al pueblo y me dejaba solo. Tenía que andar un montón de kilómetros para repartir leche. Iba por la helada con un remerita, un pantalón corto y descalzo. Así que un día dije me voy. Y tomé la ruta 14. En Basavilbaso subí al tren. Llegué a San Miguel. Me quedé dormido en un rincón. Un policía me despertó. Aquellos tiempos, sí que eran otros. Me llevó a la comisaría, me dieron de comer, la primera vez que veía una pizza. Al día siguiente ya me preguntó si sabía cortar el pasto. Qué bien me trataron!. Ese comisario me llevó a la quinta, tenía un cuarto, ropa, comida. Un oficio me ofreció, a cocinar aprendí. Eso fue con un tío de él, y todavía hoy lo veo. Yo tenía 20 pares de zapatillas y zapatos, pantalones, mi ropa… la primera vez que me puse mocasines! Miraba mis piecitos que siempre habían andado descalzos.
A los… 27 o 28 me casé. Estaba en la cola del Registro Civil de San Miguel. Yo siempre me acordaba, no se por qué, del nombre de mi mamá, María del Carmen Villar. Y escucho que llaman. “María del Carmen Villar”. Cómo te tira la sangre! Algo que me corrió por adentro. Me acerqué. Esa india, soy igualito. Se puso a llorar. Le dije, ya está mamá, lo que pasó, pasó. Me trato de explicar. Qué iba a explicar. Ya está. Ya soy grande. Cada tanto nos veíamos. Ahora, hace 4 o 5 años, empeñé la casa que tenia en Ricardo Rojas, atrás de Amor vio, ese negocio de maquinaria, para comprarle cobalto. Ninguno de mis hermanos tenía plata y ella estaba con cáncer. Lo único que puedo hacer es empeñar la casa para el tratamiento de ella. Y la perdí, el banco me la remató. Pero, ¿qué es lo material?. Va y viene. Ahora estoy acá en un ranchito, sigo con mi mujer y mis hijos cerca. Mi vieja falleció, hice todo lo que pude por ella y estoy tranquilo. Cuando quiera, acá está mi casa, se viene y nos tomamos unos mates. Pregunte por Cacho, todos me conocen así.
Todos me conocen así, dice Cacho. Llevando su vida “ligero de equipaje”, libre de rencores y con la mirada limpia. No es “porque sí”. Es lo que él eligió. Hace más tiempo, Jesús de Nazaret hizo las mismas opciones. Acababa Herodes de matar a Juan Bautista. Le mandó cortar la cabeza! A Jesús ese hecho lo golpeó profundamente. Juan era quien había intuido todo lo que pasaba dentro suyo, quien lo ayudó con su búsqueda y su palabra, a parir eso más hondo que él sabía que estaba pero era tan sorprendente que sin él nunca hubiera dado a luz. “Este es mi hijo muy querido”, terminó de confirmar ese hijo de campesino de Galilea. Por eso, atravesado por la noticia de su asesinato, Jesús se fue para estar solo. Agarró un botecito, cruzó a la otra orilla. Y se encontró con el dolor de tantos que lo andaban buscando. Después pasó lo que todos sabemos. Creo un clima tal de fraternidad y esperanza, que cada uno fue abriendo su morral y organizados en grupos de 50, compartieron el pan. Alcanzó y sobró!
Esa abundancia se produjo por una decisión inicial que Jesús tomó. La misma de Cacho. Hacer de la propia experiencia de dolor un camino de encuentro con el dolor de otros. Compasión, empatía, muchos nombres. Desecharon ambos, Cacho y Jesús, otras alternativas. Podrían haber elegido la bronca e instalarse en el rencor. Mirá lo que me hizo mi vieja! En manos de quien me dejó! Herodes carga con sus manos sangrientas! Homicida, represor, corrupto! Ninguno de los 2 minimiza lo que pasó. Cacho no puede hacerlo! A los 5 años por leche lo cambió!
Todos cargamos con nuestras heridas. Algunos con heridas profundamente dolorosas. Otros con el agravante además que esas heridas están a la vista de todos, ni siquiera tengo la oportunidad de vivirlas en lo secreto del cariño y el mimo cercano. Todos creen que pueden opinar y etiquetar cómo se llama mi dolor y lo que tengo que hacer con él. Desde ellas, sin esconder nada, todos podemos hacer distintas opciones. Multiplicar el pan, enfermar mi vida, llamar justicia a la venganza, hacer como si nada hubiera pasado, cerrar los ojos. Opciones que tenemos.
Miguel Villar viene de hacer un arreglo con la mujer que tiene un galpón grande allá casi sobre la ruta. Ella necesita llenar de oportunidades su lugar, Miguel es gomero y ahí van los dos. Otra vez a empezar. Es del 54, y tiene 54. Su historia empezó a andar y me la regaló. Cuando volvía no podía apartar de mí esa generosidad de Miguel Villar. Compartir así nomás con un tipo que con gorra calzada sobre la pelada, que en una bicicleta que le queda chica anda por ahí y me para en la esquina.
A los 9 años me vine para acá. 23 días desde Monte Caseros a Buenos Aires, hace… 45 años! Ni me acuerdo como su relato lo volcó generoso, como quien comparte la leche recién ordeñada. Así de placentero lo sentí llegar a mis manos. Era allá un esclavo. Mi vieja me cambió por uno de esos tarros llenos de leche, esos de aluminio, bien del campo. Eso fue cuando tenía 5. A un tío me dio. Yo era guapo, allá desde que empezás a andar te empiezan a dar tarea. Y hoy, mi pibe más chico con 20 años y una nena de 3, recién está saliendo a trabajar. Me llevó al campo, él con su señora a la tarde se iba al pueblo y me dejaba solo. Tenía que andar un montón de kilómetros para repartir leche. Iba por la helada con un remerita, un pantalón corto y descalzo. Así que un día dije me voy. Y tomé la ruta 14. En Basavilbaso subí al tren. Llegué a San Miguel. Me quedé dormido en un rincón. Un policía me despertó. Aquellos tiempos, sí que eran otros. Me llevó a la comisaría, me dieron de comer, la primera vez que veía una pizza. Al día siguiente ya me preguntó si sabía cortar el pasto. Qué bien me trataron!. Ese comisario me llevó a la quinta, tenía un cuarto, ropa, comida. Un oficio me ofreció, a cocinar aprendí. Eso fue con un tío de él, y todavía hoy lo veo. Yo tenía 20 pares de zapatillas y zapatos, pantalones, mi ropa… la primera vez que me puse mocasines! Miraba mis piecitos que siempre habían andado descalzos.
A los… 27 o 28 me casé. Estaba en la cola del Registro Civil de San Miguel. Yo siempre me acordaba, no se por qué, del nombre de mi mamá, María del Carmen Villar. Y escucho que llaman. “María del Carmen Villar”. Cómo te tira la sangre! Algo que me corrió por adentro. Me acerqué. Esa india, soy igualito. Se puso a llorar. Le dije, ya está mamá, lo que pasó, pasó. Me trato de explicar. Qué iba a explicar. Ya está. Ya soy grande. Cada tanto nos veíamos. Ahora, hace 4 o 5 años, empeñé la casa que tenia en Ricardo Rojas, atrás de Amor vio, ese negocio de maquinaria, para comprarle cobalto. Ninguno de mis hermanos tenía plata y ella estaba con cáncer. Lo único que puedo hacer es empeñar la casa para el tratamiento de ella. Y la perdí, el banco me la remató. Pero, ¿qué es lo material?. Va y viene. Ahora estoy acá en un ranchito, sigo con mi mujer y mis hijos cerca. Mi vieja falleció, hice todo lo que pude por ella y estoy tranquilo. Cuando quiera, acá está mi casa, se viene y nos tomamos unos mates. Pregunte por Cacho, todos me conocen así.
Todos me conocen así, dice Cacho. Llevando su vida “ligero de equipaje”, libre de rencores y con la mirada limpia. No es “porque sí”. Es lo que él eligió. Hace más tiempo, Jesús de Nazaret hizo las mismas opciones. Acababa Herodes de matar a Juan Bautista. Le mandó cortar la cabeza! A Jesús ese hecho lo golpeó profundamente. Juan era quien había intuido todo lo que pasaba dentro suyo, quien lo ayudó con su búsqueda y su palabra, a parir eso más hondo que él sabía que estaba pero era tan sorprendente que sin él nunca hubiera dado a luz. “Este es mi hijo muy querido”, terminó de confirmar ese hijo de campesino de Galilea. Por eso, atravesado por la noticia de su asesinato, Jesús se fue para estar solo. Agarró un botecito, cruzó a la otra orilla. Y se encontró con el dolor de tantos que lo andaban buscando. Después pasó lo que todos sabemos. Creo un clima tal de fraternidad y esperanza, que cada uno fue abriendo su morral y organizados en grupos de 50, compartieron el pan. Alcanzó y sobró!
Esa abundancia se produjo por una decisión inicial que Jesús tomó. La misma de Cacho. Hacer de la propia experiencia de dolor un camino de encuentro con el dolor de otros. Compasión, empatía, muchos nombres. Desecharon ambos, Cacho y Jesús, otras alternativas. Podrían haber elegido la bronca e instalarse en el rencor. Mirá lo que me hizo mi vieja! En manos de quien me dejó! Herodes carga con sus manos sangrientas! Homicida, represor, corrupto! Ninguno de los 2 minimiza lo que pasó. Cacho no puede hacerlo! A los 5 años por leche lo cambió!
Todos cargamos con nuestras heridas. Algunos con heridas profundamente dolorosas. Otros con el agravante además que esas heridas están a la vista de todos, ni siquiera tengo la oportunidad de vivirlas en lo secreto del cariño y el mimo cercano. Todos creen que pueden opinar y etiquetar cómo se llama mi dolor y lo que tengo que hacer con él. Desde ellas, sin esconder nada, todos podemos hacer distintas opciones. Multiplicar el pan, enfermar mi vida, llamar justicia a la venganza, hacer como si nada hubiera pasado, cerrar los ojos. Opciones que tenemos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)