Caminaban aplastados por el peso de su frustración. Como muchos otros contemporáneos suyos, y sus padres antes, habían crecido animados por la esperanza de un cambio radical en la fortuna de su pueblo. Habían creído que él era “el hombre”… “esperábamos que fuera él el liberador de Israel” (Lc 24, 21).
La experiencia de la humillación sufrida por los sucesivos imperios dominantes, desde Asiria en adelante, con muy pocos espacios de semi autonomía, habían alentado a lo largo de la historia, una expectativa que hacía pasar “lo nuevo”, “la liberación”, por un “cambio de lado”, casi, reiterando las conductas de los dominadores. Esa es una de las grandes claustrofobias de la opresión, no poder salir de esas categorías y de ese binomio de relación.
Einstein nos enseñó que la solución para un problema no está en el mismo nivel que se produce. Y esa había sido una de las claves en toda la práctica de Jesús y quizás, la que más desconcertaba a su grupo de compañeros. Relativizaba el sábado y las normas de pureza pero no para desacralizar la vida humana sino para poner de manifiesto lo sagrado de todo. Incorporaba al camino de la vida al paralítico para que se sume, sin quitar a nadie del medio. Trataba a la mujer como par, sumándola a su comunidad de discípulos pero sin por eso desplazar a los varones que lo acompañaban. Tocaba al leproso sanándolo y lo invitaba a presentarse a las autoridades religiosas que formalmente lo harían parte de la sociedad. Pone en el centro a los últimos y los más pequeños, ensanchando los espacios, no quitando a otros del medio (que estarían ahora ellos atrás).
Jesús no levanta derribando. No incorpora restando. Jesús suma a los que habían sido dejados de lado. Derriba conductas, no personas. Así es como la vida se vuelve plena. Gestando espacios para todos, tendiendo la mesa donde al compartirse el pan nos reconocemos. Y lo hacemos disfrutando! “¿No nos ardía el corazón mientras nos hablaba en el camino haciéndonos comprender la Escritura?” (Lc 24, 32).
Los bienes se multiplican cuando todos podemos poner nuestra propia huella, no cuando creemos que para que tengan su lugar los desplazados es necesario desplazar a su vez a otros. Corremos el riesgo que nos pase como a la pareja de Emaús. Que nuestros anhelos de justicia estén todavía marcados por una lógica que es fruto de la experiencia de la dominación. Necesitamos salir de ese encuadre. Superar las categorías antagónicas, sin ingenuidad y sin resentimientos.
El sabor dulce de la Pascua fue sepultado por los conflictos que vivimos en nuestro país en las últimas semanas. Tensiones que pusieron de manifiesto como seguimos pretendiendo construir a costa de la posición del otro. Llegando para ello a utilizar temores viejos, enarbolando así fantasmas del pasado, como la acusación de golpismo para justificar la anulación de la postura del que tiene otra mirada. Afirmamos nuestra posición anulando la otra. Creemos que “el pueblo” (¿no es pretencioso hablar con tanta facilidad en nombre de?) ocupará el primer lugar en la medida que “los otros” ocupen el último. La propuesta es que ya no haya más primeros y últimos. Que busquemos caminos para construir más mesas, no para repartir de nuevo los pocos lugares de la mesa de los “privilegiados”.
Nos podremos reconocer al partir el pan. Para ello, necesitamos quitarnos las vendas que nos impiden caminar con libertad (Jn 11, 44), abrir los ojos para superar las categorías que nos cierran y, sobre todo, superar la frustración de nuestras propias heridas para que lo vivido nos haga sabios y no rencorosos.
lunes, 8 de septiembre de 2008
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