lunes, 8 de septiembre de 2008

El conflicto con… ¿el campo?

Vengo del Departamento de Ramón Lista, extremo oeste de la provincia de Formosa. Allí “podría” brillar la belleza Wichí. Unas 6.000 familias viven en la zona de El Potrillo, en 13.000 hectáreas que recuperaron como propias en la década del 80. Está todo “dado”: el Bañado La Estrella con su exuberante belleza de árboles, pájaros, yacarés y respetuosa humana presencia. La belleza mayor: esas mujeres y hombres fraternos, dulces, marcados por la necesidad de armonía y paz. Pero…. Siempre hay un “pero”. Está la pobreza, esa extrema que se ve en los perros flaquísimos, los pelos duros y desteñidos de los niños marcados a fuego por la huella de la desnutrición, los ojos grandes que te miran silenciados, el tiempo vacío de los jóvenes que más que quieren, quisieran un presente y un futuro. El pueblo Wichí y tantos otros pueblos de nuestro país no son pobres. Esta Nación los despojó de sus bienes y los empobreció, y lo está haciendo desde hace mucho tiempo.
No hay un solo rastro del “crecimiento económico” de 5 años seguidos! Qué raro, no? Si son los “pobres” los preferidos de este “modelo”. ¿O será que lo preferido son las políticas que los mantengan pobres para siempre?
‘¡Perdón! ¡¡Me equivoqué!!! Sí! Ahora que recuerdo veo rastros del “crecimiento”!!! Está la “distribución de la riqueza generosa del Estado Nacional en los 90 centavos por chico por día que tienen como presupuesto los comedores escolares… Sí, persona que me estás leyendo…. ¡¡90 centavos por día por chico!!!! También las huellas del bondadoso Estado Nacional son ese montón de carteles de obra pública que dice “Presidencia de la Nación”!!!
Son tantos que me llevan a preguntarme… ¿qué hace un cartel de “Presidencia…” en El Potrillo, Departamento de Ramón Lista? O en Ing Juárez o Lomitas o cualquier rincón de la República?
El “conflicto del campo” no es el conflicto del campo. Pone de manifiesto algo más profundo… y grave. Este tiempo nos hemos quedado mirando el dedo que apunta a la luna y no a la luna. Es el “emergente”, la señal que nos muestra que un modo de concebir el poder genera injusticias profundas y acentúa la miseria en nuestro país. La mayor parte de los ingresos que recibe cualquier repartición del estado (desde la pequeña Municipalidad de Las Lomitas, en la provincia de Formosa, hasta el corazón de la ciudad de Buenos Aires) llegan en línea directa a la Casa Rosada, tienen como destino las cuentas del Poder Ejecutivo Nacional. “Billetera mata galán”, dice crudamente la calle. Y solamente el poder central maneja la billetera principal. Y cualquier pequeño intendente, cualquier gobernador, para conseguir la famosa obra pública, un proyecto productivo, un aumento salarial… tiene que ir diligente a visitar a “Billetera”. Y aparece en su pueblo el famoso cartelito… “Presidencia de la Nación”.
Esta enorme concentración de poder, con un Congreso de la Nación callado y paralítico que delega sus atribuciones para también llevarse bien con “Billetera”, anula cualquier posibilidad de construir una sociedad justa. Esos diputados y senadores están ahí como resultado de haber entrado en la “lista” por el dedo bendecidor y no por haber pateado los caminos de su Municipio, de su provincia y tener en la memoria mil reuniones con la gente de su tierra. Por eso no tienen lealtad y los únicos ejercicios que conocen son levantar sumisos las manos y la genuflexión a “Billetera”.
Este “modelo” anula cualquier posibilidad de discusión. Es auténtica “Democradura”, poco tiene de genuina democracia. Tal concentración de poder y “distribución” impide que los actores con concreto poder sean muchos. Una sociedad diversa necesita de muchas instancias de discusión y toma real de decisiones.
Esta situación no se da porque sí. Es resultado de las categorías en como en nuestra sociedad pensamos la dimensión política. Parecería que seguimos todavía preguntándole al militar que con su sable alzado nos vigila desde la plaza principal de cada capital provincial, hacia donde tenemos que ir. Hay esquemas que sirven para épocas de conflicto externo, como cuando intentamos conquistar la independencia hace casi ya 200 años. Pero que son garantía de esclavitud para las mayorías cuando intentamos construir la convivencia, el progreso y la paz. El joven Wichí, el productor del campo, la madre de familia, quiere cada uno, hacer algo con sus propias manos, desplegando sus propias capacidades y sueños. No sentarse a esperar el alimento que llega de las graciosas manos de su majestad la “Billetera”.
Por eso, hablar solo de “distribución de la riqueza” es engañoso y peligroso. ¿Quién distribuye? ¿Qué distribuye? ¿A quién distribuye? Y por qué no, permitir primero y generar las condiciones para que la mayoría de los habitantes de nuestra tierra, puedan ser sujetos de sus propias decisiones y más que “recibir” podamos SER productores de los bienes que cada uno elige producir. Y luego sí, fortalecer al que necesita, subsidiariamente, del organismo mayor para que pueda sentirse humano, ciudadano, hermano, que está en la mesa de la vida con los mismos derechos y en las mismas condiciones que los demás.
Lo que más injustamente está “distribuido” en la Argentina es el acceso a las oportunidades para convertirnos cada uno en productor de los bienes que quiere producir. La estructura corporativa del país hace que todo esté concentrado, desde “Billetera” hasta la salud, la vida y la belleza y el modo de llamar y dirigirnos a Dios. Les pongo un ejemplo. Cuando voy a comprar un litro de leche a un almacén en Las Lomitas (en el centro oeste de la provincia de Formosa, a 1450 kms de Buenos Aires), solo consigo las marcas de la cuenca lechera central, La Serenísima o Sancor. Y la pago a $4 el litro! Pero si un grupo de productores quiere elaborar, pasteurizar y comercializar leche en la zona no se lo van a permitir. Es un ejemplo de cómo están concentrado todo en pocas manos en nuestro país. Y está con las manos atadas el que quiere producir cualquier bien: una poesía, un kilo de harina, un litro de leche, una oración.

Dejemos de mirar el dedo que apunta a la luna. Hubo una noche muy oscura en el relato que Fedor Dostoyesvki nos regaló para siempre en “El Gran Inquisidor”, en la bellísima novela Los Hermanos Karamasov. Jesús había vuelto así como había vivido en Galilea y Judea. Era pleno siglo XVI. La gente lo reconoció. También el Cardenal Inquisidor, quien por supuesto… lo arrestó. Y cuando esa noche llegó a la cárcel lo visitó. Y le dijo:

“Quieres presentarte al mundo con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su maldad naturales no lo permiten comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad!”

Patricio Grehan
6 de junio de 2008

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