Iba en bicicleta por el barrio San Jorge, en Pilar. Calles de tierra, chicos también en bicicleta, perros. Una mujer barriendo su vereda otra vez de tierra y cascote. Quiere que lo pequeño quede limpio, confía que se puede. No se resignó a las bolsitas de plástico como hacedoras de paisajes. Cielo gris. Para algunos que pasan por las nuevas calles de asfalto que llevan a los barrios privados, muy paquetes ellos (los barrios y los que pasan), solo se trata de “esa gente”. Caminando por la calle viene un hombre con su campera vieja. Lo paro. Se detiene. Y conversa. La charla viene a nosotros nomás. Quizás también percibe en mí algo que lo hace confiar, o tan solo un oído, o más posible, es alguien que confía y desparrama su vida, su mejor tesoro.
Miguel Villar viene de hacer un arreglo con la mujer que tiene un galpón grande allá casi sobre la ruta. Ella necesita llenar de oportunidades su lugar, Miguel es gomero y ahí van los dos. Otra vez a empezar. Es del 54, y tiene 54. Su historia empezó a andar y me la regaló. Cuando volvía no podía apartar de mí esa generosidad de Miguel Villar. Compartir así nomás con un tipo que con gorra calzada sobre la pelada, que en una bicicleta que le queda chica anda por ahí y me para en la esquina.
A los 9 años me vine para acá. 23 días desde Monte Caseros a Buenos Aires, hace… 45 años! Ni me acuerdo como su relato lo volcó generoso, como quien comparte la leche recién ordeñada. Así de placentero lo sentí llegar a mis manos. Era allá un esclavo. Mi vieja me cambió por uno de esos tarros llenos de leche, esos de aluminio, bien del campo. Eso fue cuando tenía 5. A un tío me dio. Yo era guapo, allá desde que empezás a andar te empiezan a dar tarea. Y hoy, mi pibe más chico con 20 años y una nena de 3, recién está saliendo a trabajar. Me llevó al campo, él con su señora a la tarde se iba al pueblo y me dejaba solo. Tenía que andar un montón de kilómetros para repartir leche. Iba por la helada con un remerita, un pantalón corto y descalzo. Así que un día dije me voy. Y tomé la ruta 14. En Basavilbaso subí al tren. Llegué a San Miguel. Me quedé dormido en un rincón. Un policía me despertó. Aquellos tiempos, sí que eran otros. Me llevó a la comisaría, me dieron de comer, la primera vez que veía una pizza. Al día siguiente ya me preguntó si sabía cortar el pasto. Qué bien me trataron!. Ese comisario me llevó a la quinta, tenía un cuarto, ropa, comida. Un oficio me ofreció, a cocinar aprendí. Eso fue con un tío de él, y todavía hoy lo veo. Yo tenía 20 pares de zapatillas y zapatos, pantalones, mi ropa… la primera vez que me puse mocasines! Miraba mis piecitos que siempre habían andado descalzos.
A los… 27 o 28 me casé. Estaba en la cola del Registro Civil de San Miguel. Yo siempre me acordaba, no se por qué, del nombre de mi mamá, María del Carmen Villar. Y escucho que llaman. “María del Carmen Villar”. Cómo te tira la sangre! Algo que me corrió por adentro. Me acerqué. Esa india, soy igualito. Se puso a llorar. Le dije, ya está mamá, lo que pasó, pasó. Me trato de explicar. Qué iba a explicar. Ya está. Ya soy grande. Cada tanto nos veíamos. Ahora, hace 4 o 5 años, empeñé la casa que tenia en Ricardo Rojas, atrás de Amor vio, ese negocio de maquinaria, para comprarle cobalto. Ninguno de mis hermanos tenía plata y ella estaba con cáncer. Lo único que puedo hacer es empeñar la casa para el tratamiento de ella. Y la perdí, el banco me la remató. Pero, ¿qué es lo material?. Va y viene. Ahora estoy acá en un ranchito, sigo con mi mujer y mis hijos cerca. Mi vieja falleció, hice todo lo que pude por ella y estoy tranquilo. Cuando quiera, acá está mi casa, se viene y nos tomamos unos mates. Pregunte por Cacho, todos me conocen así.
Todos me conocen así, dice Cacho. Llevando su vida “ligero de equipaje”, libre de rencores y con la mirada limpia. No es “porque sí”. Es lo que él eligió. Hace más tiempo, Jesús de Nazaret hizo las mismas opciones. Acababa Herodes de matar a Juan Bautista. Le mandó cortar la cabeza! A Jesús ese hecho lo golpeó profundamente. Juan era quien había intuido todo lo que pasaba dentro suyo, quien lo ayudó con su búsqueda y su palabra, a parir eso más hondo que él sabía que estaba pero era tan sorprendente que sin él nunca hubiera dado a luz. “Este es mi hijo muy querido”, terminó de confirmar ese hijo de campesino de Galilea. Por eso, atravesado por la noticia de su asesinato, Jesús se fue para estar solo. Agarró un botecito, cruzó a la otra orilla. Y se encontró con el dolor de tantos que lo andaban buscando. Después pasó lo que todos sabemos. Creo un clima tal de fraternidad y esperanza, que cada uno fue abriendo su morral y organizados en grupos de 50, compartieron el pan. Alcanzó y sobró!
Esa abundancia se produjo por una decisión inicial que Jesús tomó. La misma de Cacho. Hacer de la propia experiencia de dolor un camino de encuentro con el dolor de otros. Compasión, empatía, muchos nombres. Desecharon ambos, Cacho y Jesús, otras alternativas. Podrían haber elegido la bronca e instalarse en el rencor. Mirá lo que me hizo mi vieja! En manos de quien me dejó! Herodes carga con sus manos sangrientas! Homicida, represor, corrupto! Ninguno de los 2 minimiza lo que pasó. Cacho no puede hacerlo! A los 5 años por leche lo cambió!
Todos cargamos con nuestras heridas. Algunos con heridas profundamente dolorosas. Otros con el agravante además que esas heridas están a la vista de todos, ni siquiera tengo la oportunidad de vivirlas en lo secreto del cariño y el mimo cercano. Todos creen que pueden opinar y etiquetar cómo se llama mi dolor y lo que tengo que hacer con él. Desde ellas, sin esconder nada, todos podemos hacer distintas opciones. Multiplicar el pan, enfermar mi vida, llamar justicia a la venganza, hacer como si nada hubiera pasado, cerrar los ojos. Opciones que tenemos.
lunes, 8 de septiembre de 2008
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